Testimonio Impactante: “Un Verdadero Campeon”

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El hombre que vamos a conocer creció viendo a su padrastro golpear salvajemente a su madre, hecho que le hacía sufrir horriblemente. Así que a la tierna edad de 7 años, Harold Montealegre de Bogotá, Colombia, decide irse de su hogar para refugiarse en las calles. Pero ni las calles, ni los amigos que allí encontró le brindaron lo que, en el fondo, él necesitaba.
 Para Harold Montealegre, la vida no sería nada fácil. Desde pequeño debió enfrentar situaciones muy dolorosas que lo afectarían emocionalmente.
“Mi niñez fue una niñez muy estropeada, una niñez obviamente nada normal y muy marcada pues por resentimiento. A los cinco años de edad, vi que mi padrastro literalmente estaba golpeando a mi madre de una manera brutal. Yo la veo en su cara totalmente llena de sangre y obviamente, maltratada y llorando. Y ese día, prometí que a mi padrastro lo iba a matar.”
El odio hacia su padrastro sumado a su impotencia de no poder defender a su madre, harían que Harold tome una drástica decisión.
“Entonces yo tenía un resentimiento muy grande y un día les dije: me voy, y salí y me fui. A los siete años me voy de la casa de mi madre.”
Su maltratada madre no pudo impedir que Harold abandonara aquel tormentoso hogar y saliera a las calles. La vida del pequeño niño comenzaba a dirigirse por un camino muy peligroso.
“Y ya, entonces ya empiezo a mirar la calle, a conocer amistades, y es donde comienzo a enredarme con gente de mala procedencia. Mis amigos siempre fueron mayores de edad. A los siete años pues ya tomaba licor. O sea, yo prácticamente a los siete años, a los ocho años, ya era un adulto. A los once años ya era muy violento. Ya no peleaba con las manos, ya me gustaban las armas blancas, las puñaladas. Y llegué a la adolescencia, bueno, ya a los quince años, ya era un delincuente totalmente descarrilado.”
Los años harían de Harold un consumado malhechor que pronto comenzaba a destacarse por su liderazgo y peligrosidad.
“Entonces ahí es donde comienzo a enredarme con grupos, con pandillas y fue como aprendí muchas cosas en la delincuencia, hasta convertirme en un cabecilla de banda. Ya de ahí sigo conociendo gente. Entonces ya la gente decía: No, estos muchachos son tremendos para trabajar. Hay que llamarlos. Transportábamos insumos para procesar cocaína, llevábamos cargamentos, atracaba con otras personas cargamentos grandes, vehículos, etcétera.”
Su fama se hizo tan grande que mafias muy poderosas estaban interesadas en sus servicios.
“Era una persona muy violenta y no me importaba, como dicen en Colombia, darme plomo con nadie. Digamos que me reconocían mucho, grupos al margen de la ley. Ya me tenían como una ficha importante para lo que fuera, y siempre nos llamaban porque éramos personas de confianza para ellos.”
Producto de sus crímenes, Harold percibía grandes cantidades de dinero que usaba, según él, para darse la gran vida.
“Entonces me vuelvo buena vida: whisky, mujeres si es el caso, buena comida. Y así vivíamos todo el día. Nos acostábamos dos, tres de la mañana, y otra vez vuelve y juega, todos los días; y era whisky. Yo fácilmente en el mismo día me embriagaba tres veces. Me despertaba de una, y me embriagaba la otra.”
Pero esta vida de crímenes, lujuria, y excesos no lograba borrar las heridas de un pasado doloroso que insistía en atormentarlo.
“Y siempre que me emborrachaba pues me llegaban los sentimientos de dolor, de resentimiento, de tristeza. Y eso eran de las cosas que más me dolían en la vida.”
Y estos recuerdos agudizaban aún más sus consumos de alcohol, haciendo que Harold se convirtiera en esclavo de una adicción intolerable.
“La vida se me vuelca, me vuelvo peor, me dan ganas de hacer de todo. Me tiro al desespero con el licor, con todos los vicios, y esto indudablemente me marcó de una manera horrible. Se me revolvía la vida y comencé a andar mal en todo aspecto.”
Mientras Harold se hundía en su alcoholismo, un conflicto con bandas enemigas empezaría a cobrar la vida de sus cómplices.
“Y a la mayoría de mis amigos los mataron. Estaba cansado de vivir una vida mala, estaba cansado de ver morir mucha gente. Y eso me marcaba. Yo tomaba mucho y también el sentir de que mi vida no tenía valor. Ya no le tenía miedo a la muerte. Ya me había vuelto parco en ese tema. No me importaba morirme.”
Pero inexplicablemente, en medio de su conflicto emocional y de su profundo desinterés por su propia vida, surge un extraño deseo de buscar ayuda en alguien quien no le era muy conocido.
“Pero yo quería acabar con esa vida. Y llorando, sintiéndome miserable, le dije a Dios: Si usted existe, sáqueme de esta vida. Y le pedí que me ayudara.”
Y días después, Dios contestó aquella oración cuando su madre, al enterase del estado deplorable en que Harold se encontraba, decidió buscarlo y hacerle una invitación.
“Y un día mi mamá me dice que la acompañe a la iglesia, y le digo: yo no quiero ir para allá, usted sabe que mi dios es este, pero voy a ir; palabras textuales que le dije a mi mamá en esa época.”
Harold cedió ante las súplicas de su madre y, al llegar a aquel lugar, escuchó un mensaje esperanzador que tocaba profundamente las fibras de su angustiado corazón.
“Y comencé a llorar como nunca había llorado en la vida. Y lloraba, y lloraba. Yo le dije: Si usted me perdona, si yo siento que de verdad usted me perdona todo lo que yo hice; jamás, jamás volveré a hacerle daño a nadie. Jamás volveré atrás, jamás volver a ser el que he sido si usted me perdona.”
Y a partir aquel instante, él experimentó el inmenso amor de Dios en su vida.
“Experimenté el perdón de Dios y salimos. Pero salí de ahí de esa iglesia convencido de que mi vida ya era nueva y que Dios me había perdonado, porque ya mi vida era diferente. Ya yo sabía que había una esperanza. En ese momento lloré de gratitud porque sentí que ya Dios me había libertado de todo este tema.”
Desde aquel día en que le entregó su vida a Jesucristo, Harold comenzó una etapa profunda de cambios.
“Cristo hizo muchos cambios en mi vida. El dejar el vicio y todo esto, pues a mí me genera una cantidad de cambios buenísimos en mi salud, porque cuando yo llegué a la iglesia, yo vivía muy enfermo.”
Hoy Harold es un hombre felizmente recuperado. Él está consciente que Dios es real y disfruta de sus bendiciones.
“De no tener nada, de no ser nadie; Dios me da un trabajo, me da trabajo, me da una mentalidad gerencial, me da una formación de empresario. Hasta tal punto de que ya no trabajo para una empresa, sino para mi propia empresa. Muy humilde pero en ello estoy. Dios me dio como regalo una mujer excepcional. Dios nos da la oportunidad de ennoviarnos, de casarnos. Ya vamos a tener, con la ayuda de Dios, dos hijos. Ya tengo una niña de cuatro años y tenemos cuatro mesecitos de embarazo.”
“Estoy tan agradecido con Dios por lo que Él ha hecho, que sé que humanamente jamás tendré con que pagarle. Si Cristo no hubiera venido al rescate de Harold Montealegre, Harold Montealegre estuviera muerto en el infierno.”
La vida de Harold es fuente de inspiración para muchos jóvenes que hoy enfrentan los mismos problemas que él vivió. Por eso anhela compartir con ellos un mensaje de amor y esperanza.
“Hay esperanza. Mientras haya vida hay esperanza. Hay oportunidad. No es tarde para un cambio. Y solo Cristo puede cambiar el curso del ser humano. Y la gente se está perdiendo, la juventud se está perdiendo. Pero Cristo está ahí, está a la puerta llamándoles cada segundo para decirles hay una oportunidad. Todo ser humano necesita de Dios.”
TOMADO DE LA WEB: VIDADURATV.COM

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